Instituto Millenium
Publicado em 3 de julho de 2010 às 20h22.
Última atualização em 24 de fevereiro de 2017 às 11h39.
Durante varios días repasé a mi hijo para sus exámenes finales de la secundaria. Desempolvé mis nociones sobre funciones cuadráticas, fórmulas para calcular el área total de una pirámide y descomposición factorial. Después de más de veinte años sin tropezarme con esas complejidades de las matemáticas, reconecté neuronas en aras de ayudarlo a prepararse y así evitarme el pagar el alto precio de un maestro particular. Más de una vez –durante esas jornadas de estudio– estuve a punto de renunciar ante la evidencia de que los números no son mi fuerte. Pero resistí.
Sólo cuando Teo regresó de su prueba más difícil diciendo que había salido bien me sentí aliviada, pues muchos de sus colegas de aula están en peligro de repetir el grado. La razón es que en tres años en la enseñanza media estos estudiantes han visto desfilar ante sí tres diferentes métodos evaluativos. Les ha tocado padecer también la falta de preparación de los llamados maestros emergentes y las largas horas de clases impartidas por un televisor. Desde hace dos cursos, el grupo donde está mi hijo no tiene profesor de inglés ni de computación y la asignatura de educación física es una hora correteando –sin supervisión– por el patio de la escuela. La falta de exigencia y la mala calidad educativa han llevado a los padres a poner los parches del conocimiento en las innumerables lagunas que les van quedado.
Afortunadamente, la escuela de Teo no es de las peores. Aunque el olor del baño se pega en las paredes y en la ropa, porque nadie quiere trabajar como auxiliar de limpieza por la miseria que pagan, al menos no hay tantas arbitrariedades como en otros colegios habaneros. Tampoco –y eso es un alivio– se compran y se venden calificaciones, práctica cada vez más común en los centros docentes. Los maestros que ha tenido, a pesar de estar mal preparados, son personas de carácter afable a los que la comunidad de padres hemos intentado ayudar. En comparación con los problemas que tiene una amiga, con una hija en un tecnológico, nosotros podríamos sentirnos felices del estado moral de la secundaria de nuestro retoño. Según me cuenta ella, el intercambio de sexo entre las adolescentes y sus profesores se ha constituido en maña habitual para tener un aprobado. Cada examen tiene una tarifa y pocos se mantienen incólumes ante la tentadora oferta de un teléfono móvil o de un par de tenis Adidas a cambio de una nota de sobresaliente.
(Publicado em “Generación Y”)